
De quién jamás podré olvidarme nunca es de una tía abuela de mi madre llamada Elisa, por lo linda y buena que fue conmigo. Ella era la que me hacía contar los días que faltaban para volverla a ver aparecer de nuevo por mi sala. Solía visitarme los sábados.
Me traía comidas muy variadas preparadas por ella para mí en su casa. Entre todas, y nunca me faltaba porque sabía que era mi preferida, venía un manjar envuelto en papel de estraza que me volvía loca de gusto y que recordaré para siempre: se trataba de la fruta de la granada, ahora conocida por mí pero que entonces ignoraba por completo. La traía desgranada en un vasote o tazón grande con azúcar... Y, aquellas bolitas rojas que estallaban en mi boca, unidos a sus múltiples atenciones y caricias me parecían chispas de felicidad que duran incluso hoy y cada vez que como esa delicia.
A esta mujer tan generosa la recuerdo con el mismo amor que de ella recibí siempre. Aquella linda persona venía a visitarme a mí, expresamente, no era familiar de nadie más de la sala, excepto mío y además, venía casi siempre con noticias de mi casa.
En una ocasión en que me visitó, me contó que había recibido una carta con un gran paquete de mi madre, y que en él, había muchas cosas, incluso dinero, para que ella me pudiera comprar todo lo que me hiciera falta. Al abrir su bolso para sacar y leerme la carta, se le cayó al suelo algo que recogió rápidamente y me comentó: “Con este trozo de cuerda que por aquí aparece, tu mamá me ató el paquete del que te he hablado...”
Cuando ella marchó, yo cogí la guita y la escondí debajo de mi almohada cual tesoro valioso y me aferré a ella con un ahínco y amor tan fuerte como imposible de definir. ¡Aquello lo había tocado mi madre! A todo el mundo se lo enseñaba como reliquia misma o prueba de su existencia.
Al final, recuerdo que se gastó entre mis manos por tenerla cada noche de soledad amarrada, cual lazo de afecto, como si de mi propia madre se tratase...