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LA LUNA

Sigo contando mi infancia en mi querida casa de hospital. La Luna se convirtió en mi mejor aliada, mi mejor amiga, mi única confidente.

Era muy difícil poder hablar con ninguna niña de las que había en mí planta porque las camas las ponían muy separadas, demasiado, con las mesitas de noche grandes y muy anchas que invitaban a sumergirte en el propio mundo, no obstante, cada vez que me ocurría algún problema con alguien, miraba por entre la soledad nocturna de la noche a mi maravillosa y brillante Luna, y le contaba mis infantiles desvelos.

También, porque alguien me dijo que mi madre en mi casa del pueblo, y en sus noches, veía la misma Luna que yo. Y, así, poco a poco se fue quedando con todos mis secretos para que luego ella, mi gran amiga Luna, se los pudiera trasmitir a mi soñada y querida madre, de manera que pasó a ser hilo conductor de todos mis afectos lejanos.

La vida continuaba su curso mientras yo seguía allí. Al ser tan pequeña estaba confundida pensando que, aquella era mi casa, y que las demás niñas que estaban junto a mi cama de sala de hospital, eran mis familiares cercanos.

El caso fue que surgió un amor intenso en el aire de nuestro entorno y, cada una desde su atalaya, conseguimos las relaciones de apoyo y cariño que tanto nos faltaban, y que tanto necesitábamos.

Todas éramos víctimas de la destructiva polio. La que no tenía afectadas las piernas, tenía los brazos, o la columna, etc. Así que, aquel lugar era lo más parecido a un taller de reparaciones, de obligada estancia, para intentar corregir lo que la dichosa enfermedad destruyó.

Recuerdo que la inmensa sala tenía unos ventanales grandes, por donde se apreciaban, desde mi cama, el mar y los barcos que aparecían y desaparecían en todo un trayecto. ¡Cuántas veces viajé con ellos imaginándome sentada en la borda, cerquita del mar! Ese mar que veía siempre y que nunca podía tocar con mis manos y que por las noches se hacía misterioso y bonito a mis ojos.

Las miles de luces que procedían de las ventanas de los barcos atraían poderosamente mi atención; las veía suspendidas en las olas, si mi Luna brillaba llena; si no, eran ventanillas abatibles mantenidas en la lejanía, jugando a entretenerme hasta hacerme dormir, prestándole un marco posible de sueños a mi imaginación de niña y con billete asegurado, enseguida que aparecía, por el horizonte, el nuevo barco.

No podía ni sabía calcular la distancia real entre mi cama y el mar, tampoco, entre mi Luna y la de mis padres, pero sí notaba siempre el efecto sedante de aquella intensa luz acunando mis sueños.

¿Y el faro? ¿Qué sería aquella luz mágica que tanto llamaba mi atención? Además, tenía la gentileza y amabilidad para conmigo de barrer todos mis miedos porque, cuando apagaban la luz de la sala, me moría de pánico y ansiedad así que estaba siempre deseosa de que ese alguien misterioso a quien nunca veía hacerlo, conectara rápido la luz del Faro.

También, con la presencia del mar, volaba continuamente mi imaginación de niña cuando éste prestaba sus olas a mis sueños para que yo, con ellas, me sentara en la espuma misma que formaban al chocar con la arena y, con cada uno de sus movimientos, me transportase vertiginosamente al núcleo mismo de todos mis anhelos.

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TaLLe - 2008